Columna de citas
Por Antonio Caballero
OPINIÓN¿Qué tal
que los Estados
Unidos se empeñaran encima a obligar a que en Colombia se paguen salarios justos? Se hundiría el país.
16 Abril
2011
Súbitamente dos columnistas de 'El
Tiempo', María Isabel Rueda y Mauricio Vargas, se muestran preocupados por la soberanía colombiana. Dicen sentir "un tufillo de imperialismo" en los nuevos condicionamientos
que en materia laboral acaba de exigirle el gobierno de los Estados Unidos
al de Colombia a cambio de aprobar,
o de anunciar que intentará hacer aprobar en el Congreso, el Tratado de Libre Comercio, que durante tantos años, infructuosamente, el de
Colombia ha suplicado. Son exigencias,
la verdad sea dicha, bastante elementales: proteger la vida de los sindicalistas, garantizar el pago de prestaciones a los trabajadores prohibiendo el
"ardid", la "ficción"
(las palabras son de otro columnista de El Tiempo, Abdón Espinosa) de las criminales cooperativas concebidas para eludir esas obligaciones
legales. Y es
curioso. No habían notado ni María Isabel ni Mauricio el mismo olor en ninguno de los otros puntos
del TLC firmado "rapidito"
(la palabra es del expresidente Álvaro Uribe) y de rodillas
hace cinco años por el lado
colombiano, gobierno y Congreso a una, y negociado (es un decir) por el actual jefe de Planeación (¿de qué?) del gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Solo cuando
el punto resulta por casualidad beneficioso para alguien de Colombia, en este caso los trabajadores y sus representantes sindicales, olfatean el tufo, y se molestan.
Insiste María Isabel Rueda en una
entrevista al embajador de
Colombia en Washington, Gabriel Silva, sobre la
"imposición" imperial. Y Silva asegura que, por el contrario,
"el término imposición
no le parece correcto"
porque "lo que hay ahí es un
reflejo de la filosofía del
presidente Santos sobre temas laborales", y "cuando uno está
haciendo lo que le dictan sus propias
convicciones eso no se puede llamar imposición".
Ah, sí. Es como
aquella frase de Ernesto Samper cuando era presidente y hacía su acto diario
de abyección para que el embajador Frechette no le quitara la visa:
"No es por coacción, sino por convicción". De creerle a Silva ahora, los nuevos compromisos
del lado colombiano
son un favor que este le hace a los Estados
Unidos: "Le estamos dando al presidente Obama el espacio político de coincidir con Colombia porque llegó la hora del TLC".
Por otro parte,
el columnista de SEMANA León
Valencia exulta: "El sindicalismo
colombiano ha logrado que el presidente Obama obligue al país a proteger y extender los derechos laborales y a combatir la agresión contra los sindicalistas". Y recuerda el dato de que, de todos los
de esa ocupación asesinados en el mundo en los últimos veinte
años, un 63 por ciento han
sido colombianos. Pero eso fue así.
"En el pasado", acepta Abdón Espinosa, lo cual creó una
"atmósfera desfavorable
en el exterior".
Creo que se equivocan
los tres, Espinosa, Silva y
Valencia, que se arrullan los tres con falsas
ilusiones. ¿Desde
cuándo dejaron de matar aquí sindicalistas?
¿Desde cuándo el embajador de Colombia en Washington es
quien maneja la agenda del presidente de los Estados Unidos?
¿Desde cuándo logran imponer su voluntad o sus
derechos sobre la Casa
Blanca los trabajadores de un país extranjero?
En cambio estoy de acuerdo con Vargas y con Rueda:
se trata de una cruda y descarada imposición imperialista de los Estados Unidos.
Y ojalá todas fueran para evitar
asesinatos y no, como ha sido la norma, para propiciarlos.
Aunque, llevando la desconfianza a su extremo lógico, no sobra observar que la nueva obligación
en principio humanitaria que le impone el TLC a Colombia
la priva en buena parte de su única
ventaja competitiva en ese acuerdo
desigual, que es el bajo costo
de su mano de obra. Ese
costo sube, si hay que pagar
prestaciones y dejar de amedrentar con la amenaza de muerte a quienes buscan mejoras salariales. ¿Qué tal que los Estados Unidos
se empeñaran encima en obligar a que en Colombia se paguen salarios justos? Se hundiría
el país. Y su población entera
tendría que emigrar en masa para buscar empleo
decente en los Estados Unidos.
Aunque tampoco creo que eso pudiera
suceder, por esa misma suspicacia. Observo que
en sus cuentas León Valencia señala que los sindicalistas
con más frecuencia asesinados son -aparte de los maestros, peligrosos por naturaleza: porque enseñan- los del banano
y los del petróleo. Y no creo que sea casualidad
que esos sean los
sectores en donde hay en
Colombia más empresas norteamericanas. Como dije unas líneas más
atrás, el imperialismo de los Estados Unidos
no se ha distinguido por su inclinación a proteger vidas ajenas, sino más
bien por su tendencia a
exterminarlas.
Me asombra que los
columnistas de 'El Tiempo' nunca
se hayan dado cuenta.