Obama
y el fin del dominio gringo
Alfredo
Rangel
Vista en perspectiva,
la gran importancia de la presidencia de Obama es que permitirá a los norteamericanos, a Occidente y al
resto del mundo convencerse y tener conciencia plena de que la era de Estados Unidos... llegó a su fin. Entonces se entenderá que la debacle de la política internacional de Bush se originó
en su pretensión de imponer su voluntad
en un mundo donde ya era imposible
hacerlo porque había cambiado radicalmente, sin que Estados Unidos se hubiera dado cuenta.
En efecto,
el dominio de Estados Unidos en el mundo unipolar que surgió
con la caída del muro de Berlín ya es historia.
Este es el planteamiento de
nadie menos que de Richard N. Haas, presidente
del Council on Foreign Relations de Estados Unidos, quien ha trabajado para cuatro administraciones de ese país, en un reciente ensayo suyo publicado en la revista Foreign Affairs (Vol. 8,No.3,2008).
Según él, la no polaridad es "un mundo dominado
no por uno o dos o incluso varios Estados, sino por
docenas de actores que tienen y ejercen
diversos tipos de poder". Esos actores incluyen potencias emergentes en todos los continentes; docenas de organizaciones multilaterales globales, regionales y funcionales; grandes compañías que dominan la energía, las finanzas
y la manufactura; medios globales de comunicación; partidos políticos; movimientos religiosos; organizaciones terroristas,
mafias, y ONG de influencia
global.
La conclusión
que uno puede
derivar de este
agudo planteamiento es que para
cumplir sus propósitos en el plano internacional, Obama va a requerir algo más
que buenos propósitos y buenas intenciones. Porque Estados Unidos es sin duda el país más poderoso,
pero, como
afirma Haas, "el poder
y la influencia están cada vez menos
relacionados en una era de
no polaridad". Y tanto
el poder como
la influencia en lugar de concentrarse están cada vez más
distribuidos.
Para Haas el fin del dominio económico
estadounidense ya tiene muchos síntomas.
Su participación en las importaciones globales ha bajado al 15 por ciento. Se ha incrementado su
dependencia y su vulnerabilidad energética.
Han surgido enormes fondos de inversión en Arabia Saudita, China, Emiratos Árabes y Rusia, que hoy disponen
de tres billones de dólares, crecen a razón de un billón al año y cada vez
son más importantes como fuente de liquidez para todo
el mundo. Londres compite con Nueva York como centro financiero internacional. La mayoría de las reservas de los principales bancos centrales del mundo está
en monedas diferentes al dólar. El petróleo
podría empezar a cotizarse en euros en el futuro próximo.
Su enorme poder militar
no es eficaz para afrontar las
nuevas guerras asimétricas e irregulares. El 11-S, Somalia, Irak y Afganistán demuestran que en los nuevos escenarios de conflicto el gasto militar no es sinónimo
de capacidad militar.
Y en la diplomacia, su capacidad de persuasión se ha reducido.
China ha demostrado más capacidad que Estados
Unidos para influir en el programa nuclear de
Corea del Norte. Requiere de Europa para presionar a
Irán, pero la falta de apoyo de China, y Rusia lo paraliza. Pakistán parece ignorar a los norteamericanos. Se acabó su influencia
dominante en Suramérica.
Potencias emergentes como India, Brasil
y Suráfrica tienen cada vez más
peso regional.
Todos estos cambios
globales en un mundo no polar que tiende naturalmente a la inestabilidad y al desorden harán que, no obstante su atractiva personalidad
y su carisma, para Obama sea muy difícil ejercer su liderazgo para
buscar respuestas colectivas a desafíos globales y regionales. Pero tal
vez su inteligencia
y su perspicacia le permitan superar lo que Kishore Mahbubani
(Foreign Affairs, opus cit.) llama "el problema estructural más de fondo: la incapacidad de Occidente para ver que el mundo
ha entrado en una nueva era". En el siglo XXI Estados Unidos ya no será el policía
ni mucho menos
el rey del mundo.
Así pues, hay que invertir los términos del diagnóstico: no es que el mundo
haya entrado en una nueva era con la llegada de Obama; es Obama el que ha llegado en el momento en que el mundo transita hacia una nueva
era que ya ha comenzado hace varios años, y cuya principal característica es el fin de Estados Unidos como potencia
global dominante.