Freud y el neoliberalismo

 

Margarita Carrera

En el siglo pasado y en la actualidad persiste la errónea idea de que Freud se dedicó única y exclusivamente al descubrimiento de la vida sexual en el individuo desde el momento que nace hasta que muere. Si bien es verdad que la “libido” nos gobierna a todos los humanos, eso no quiere decir que Freud enfocara única y exclusivamente sus estudios y descubrimientos sobre este tema. Trabajó también el mundo de la economía y de la política, al punto de hacer severas críticas al sistema capitalista.

En el análisis de los sueños descubrió que todos, absolutamente todos, somosgroseramente egoístas”. Esto es, el egoísmo, ligado profundamente al instinto de conservación y al narcisimo, nos gobierna de manera implacable. Pero, asimismo, se dio cuenta de que si el ser humano se entrega a sus primitivos instintos egoístas, la civilización peligra. Y, aunque pareciera imposible, habla del mal inmenso que se engendra en la sociedad cuando la impunidad opera con tal eficacia que la justicia desaparece. Sus palabras textuales son: “(…) allí donde la comunidad se abstiene de todo reproche (léase castigo)…los hombres cometen actos de crueldad, malicia, traición y brutalidad, cuya posibilidad se hubiera creído incompatible con su nivel cultural(…)”. De manera, agrega, que “el primer requisito cultural es el de la justicia, o sea la seguridad de que el orden jurídico, una vez establecido, ya no será violado a favor de un individuo”. Nadie puede, así, escapar al sacrificio de sus instintos primitivos si desea vivir en sociedad. “El desarrollo cultural le impone (al individuo) restricciones y la justicia exige que nadie escape de ellas”. Ninguno puede negar el siguiente principio freudiano: “La civilización ha sido conquistada por obra de la renuncia a la satisfacción de los instintos y exige de todo individuo la repetición de tal renuncia”. La educación se basará, entonces, en “la transformación de los instintos egoístas en instintos sociales”. Este principio ético-psicológico se olvida con frecuencia. Ahora lo estamos viendo con el fracaso del neoliberalismo y el derrumbe de los EE. UU., que repercute en todo el mundo.

Vida Amor De Paz, en su columna del 28/09/08 de P.L., escribe de manera sencilla lo que está aconteciendo en la actualidad: “Crisis en EE. UU.” Se refiere a la avaricia de los todopoderosos millonarios norteamericanos: “A través de los años, en EE. UU. las financieras prestaron dinero a muchos clientes que querían adquirir viviendas, a sabiendas de que éstos no podrían amortiguar sus deudas. Estas financieras cobraban intereses más altos, y cuando los clientes se veían ahorcados, simplemente tomaban sus casas y las ponían de regreso a la venta. Encima de todo esto, las financieras podían remitir el riesgo a los aseguradores de hipotecas o reacondicionarlas de otra forma. Mucha gente buena que confió en el consejo de estas personas hoy está en bancarrota(…) ¿Se vale esta avaricia?”

Pero existe una necesidad instintiva que puede salvarnos: la necesidad que tenemos de ser amados. De tal manera que aquí se vislumbra una solución que puede salvar a la civilización. El sujeto aprende a estimar el sentirse amado, y esto lo ayuda a renunciar a sus instintos egoístas. Tarea de la civilización es someter la voracidad del individuo y poner límite a sus ilimitadas ambiciones. Tarea de la civilización actual es someter a un examen exhaustivo las políticas del neoliberalismo: que el individuo poderoso no se fortalezca frente a la mayoría en quiebra. Y quienes han negado la necesidad de que exista un Estado controlador acuden ahora a éste para que los salve.

Como todo fundamentalismo, el fundamentalismo neoliberal ha de combatirse; evitar que el individuo crezca a costa de la sociedad. Si los políticos leyeran “El malestar en la cultura”, de Freud, aprenderían a ser más prudentes. La “libertad del mercado” ha conducido a un desastre total, lo mismo que la guerra contra Iraq. Adentrarse en la psicología individual y de las masas es indispensable hoy y siempre. Lo que enuncia Freud se cumple de manera implacable: los pueblos obedecen mucho más a sus pasiones e intereses que a su conciencia social.