Esperanza e indiferencia

 

Según el Latinobarómetro, los latinoamericanos no se hacen ilusiones pensando que con Obama mejorará la política exterior norteamericana hacia el resto del hemisferio americano.

 

Sergio Muñoz Bata

A estas alturas del proceso electoral estadounidense, para nadie es un secreto que si el resto del mundo pudiera votar en esta elección, Barack Obama ganaría por un amplio margen. Lo que está menos claro es si el amor incondicional que el mundo dice sentir por Obama se vería recompensado, en caso de que este ganara la presidencia. En América Latina, por ejemplo, la pregunta constante de los lectores de mi columna semanal es: ¿cuál de los dos candidatos, en mi opinión, resultaría más benéfico para Iberoamérica?

 

Según una encuesta que el Pew Center acaba de realizar sobre actitudes globales sobre la elección, el 68 percent de los franceses, el 67 percent de los españoles, el 64 percent de los alemanes, el 67 percent de los nigerianos, el 66 percent de los sudafricanos y el 65 percent de las personas entrevistadas en Tanzania le darían a Obama un triunfo indiscutible.

 

Lo mismo sucedería si los latinoamericanos pudieran votar. Según una encuesta realizada en septiembre por la firma Latinobarómetro en 18 países de la región, en promedio, Obama sacaría el triple de votos que McCain. Aunque, como era de esperarse, los márgenes de preferencia varían de país a país y también en función de la posición socioeconómica-educacional de los entrevistados. Así, por ejemplo, en los tres países con mejores índices educativos de la región (Costa Rica, Chile y Uruguay), los resultados de la encuesta muestran que a mayor afluencia económica, social y educativa, mayor es el entusiasmo por Obama.

 

Más allá del carisma personal de Obama y del enorme significado histórico que tendría la elección democrática de un hombre de raza negra a la presidencia de EU, la simpatía que europeos y africanos sienten por Obama podría explicarse porque, como lo demuestran los índices de la encuesta del Pew, los entrevistados en esos dos continentes creen firmemente que el cambio que Obama promete al interior del país también se reflejaría de manera positiva en la política exterior de EU. Curiosamente, este optimismo de europeos y africanos no es compartido plenamente por los latinoamericanos. Según el Latinobarómetro, los latinoamericanos no se hacen ilusiones pensando que con Obama mejorará la política exterior norteamericana hacia el resto del hemisferio americano. En promedio, un poco más de un tercio de los entrevistados (34 percent) piensa que el nuevo presidente de EU le prestará la misma atención a la región que el actual presidente; solo un 22 percent piensa que le prestará más atención y un 8 percent cree que el interés será menor.

 

¿Cómo explicar este contraste? ¿Será que para los africanos predomina el tema de la solidaridad racial con el candidato? Y en el caso de los europeos, ¿será que el recuerdo del Plan Marshall que posibilitó la reconstrucción de Europa después de la II Guerra Mundial sigue vivo? Y en América Latina, ¿será que la mayor parte de la ciudadanía en los 18 países sigue resintiendo las intervenciones militares y políticas norteamericanas de los dos últimos siglos? En el caso de los africanos, si bien sería entendible que el orgullo que deben sentir al ver a una persona de su misma raza aspirando a un puesto tan significativo se traduzca en un apoyo incondicional a su candidatura, reducirlo a esta dimensión sería ridículo, estereotípico y ofensivo. Lo mismo se podría decir en el caso de los europeos, pues es poco probable que los jóvenes franceses o alemanes guarden intacto un agradecimiento por un beneficio que no les tocó vivir. Y ni qué decir de los españoles que se quedaron esperando a Mr. Marshall.

 

Una explicación más plausible sería que el desprestigio del presidente Bush es de tales dimensiones, que el mundo no solo espera ansioso su relevo, sino que desconfía del candidato republicano que en el Senado ha apoyado siempre la política intervencionista del presidente actual. Sin embargo, y a pesar de sus muchos defectos, Bush no ha sido malo para América Latina. Como presidente, ha viajado más y se ha reunido con más líderes de la región que ningún otro presidente americano; ha firmado tratados de libre comercio con 10 países del área; ha duplicado la asistencia económica directa y ha trabajado efectivamente con instituciones financieras mundiales para condonar una deuda de 19 mil millones de dólares a países latinoamericanos. Un expediente que, dadas las críticas condiciones económicas actuales, el próximo presidente difícilmente podrá igualar. Así las cosas, valdría preguntarse otra vez: ¿por qué piensan así los latinoamericanos? El Latinobarómetro ofrece un dato revelador. Seis de cada 10 habitantes de la región confiesan tener poco o nada de conocimiento sobre la carrera presidencial en Estados Unidos.

 

Es decir, en América Latina predomina la indiferencia hacia Estados Unidos.