La porno corrupción
Francisco
Javier Gutiérrez*
En Nicaragua hemos presenciado durante tanto
tiempo la corrupción política, que resulta
muy estúpido intentar ahora disfrazarla de virtud. Nos pasa igual
que al magistrado norteamericano Potter Stewart, cuando
intentó definir la pornografía en 1964: “Yo no puedo definir la pornografía, pero sé reconocerla cuando la veo”. Nosotros tal
vez no sabemos definir la corrupción en términos legales, pero podemos reconocerla
cuando la vemos.
La diferencia es que al juez Stewart le tocó fallar sobre
la película Les Amants
(1958), de Louis Malle, donde
no encontró pornografía; en
cambio los nicaragüenses estamos viendo la corrupción en la realidad, en el latrocinio cometido por el ex presidente Alemán y en el cínico fallo de la Corte Suprema de Justicia por liberarlo.
Los políticos, los magistrados
y los diputados que apoyan el pacto y se lucran de él, todos
viven bajo el domo vergonzoso del envilecimiento.
El cotejo entre pornografía y corrupción da para unas
líneas más, pero antes quisiera pedir disculpas a los miembros de la industria pornográfica por la comparación: las estrellas porno nunca pretenden ser techos de virtud o castidad, los políticos, magistrados y diputados sí. Los
políticos no se ven afectados por la crisis, en cambio la industria para adultos en Estados Unidos ya pidió en voz
de Larry Flynt cinco billones de dólares al Congreso para afrontar
la baja en sus ventas.
Igual se puede fingir frente a las cámaras un
orgasmo o el amor a la
patria y hasta leer solemnemente
un fallo descarado, pero el trabajo porno pareciera más difícil
que el de los funcionarios corruptos.
Para cerrar el parangón, políticos y actores sexuales reciben buenos salarios, pero los fans del sexo explícito
quedan complacidos por su dinero,
los pueblos no, son timados y quedan
infelices. La impúdica corrupción que azota al país es demasiado lacerante para seguir abúlicos
frente a nuestro propio fracaso como nación.
La situación exige que cada uno
de nosotros intervenga para revertir este mal que aunque lo parezca, no es
incurable.
No hay nada más revolucionario que la democracia. Los nicaragüenses
no deberíamos dejarla caer, continuar diluyendo la culpa entre todos solamente logra que nadie sea culpable. La
recuperación del país pasa primero
por comprender, para aquéllos que
desgraciadamente aún no lo entienden, que es gente como Alemán
y Ortega, como los magistrados
del CSE o de la CSJ, como muchos diputados
en la Asamblea Nacional, y
los alcaldes hijos del fraude los que tienen al país en ruinas.
Basta ver la opulencia
en que vive esta gente y la pobreza del pueblo para percatarse por qué nuestro país
se sigue disputando con Haití el título continental de la
pobreza. Eso no es justo, en Nicaragua todos deberíamos tener las oportunidades
para prosperar, porque nuestra tierra es muy rica.
No es cierto que se necesite ser un genio para impulsar
el bienestar de todos. Sino
cómo se explican las fabulosas fortunas
de Humberto Ortega, Bayardo
Arce, el mismo Alemán, etc. ¿Invirtieron en la bolsa? ¿Se ganaron
la lotería? ¿Qué diablos nos pasa
para seguir aceptando tanta
infamia?
El capital nacional y aquellos que hoy
se acomodan en su butaca para ver
la barbarie deberían saber que es imposible bajo este
sistema que el estrago no los alcance. El país no será un
eterno paraíso de monopolios y zonas francas con analfabetas semiesclavos. Surgirán verdaderos líderes, capaces y mejores a toda la bajeza que ahora usurpa
el poder, y se harán cargo
de gobernar con justicia para que este hermoso país brille y no oscurezca.
El pueblo sabrá
elegirlos.
Los nicaragüenses no tenemos
vocación de esclavos, ni de vagos,
mucho menos de ladrones o asesinos; aunque hoy esos sean
los antivalores que predominen. Todos estos falsos demócratas
y socialistas torombolos del siglo XXI, que
no tienen idea de cuánto trabajo se requiere para producir el papel higiénico, que no han trabajado
un solo día en su vida, acostumbrados a vivir como millonarios
del esfuerzo y la riqueza ajena, están destinados
a desaparecer de nuestra historia.
Wiston Churchill decía: “La calidad moral de una nación civilizada puede medirse por
su sistema de justicia” ¿qué calidad moral tenemos cuando Alemán y Hurtado disfrutan de libertad luego de cometer sus crímenes
frente a nuestras propias narices?
*El
autor es ecólogo