¿Churchill rencarnado?
Javier Jiménez
Espriú
Cuando escuché partes
de la exaltada arenga-regaño
del presidente Calderón a sus
colaboradores –¡bueno, ya todas sus
intervenciones son exaltadas
arengas-regaño a quien sea
o a todos!–, para que salieran a las calles a divulgar
"los, según él, inmensos logros
de su administración",
quedé asombrado por el desproporcionado símil que significó
su invocación al célebre discurso de "Sangre, sudor y lágrimas", de Wiston
Churchill y su definición
de "la victoria" como
"la estrategia", tanto
por lo que se refiere a la comparación entre la II Guerra Mundial y la "guerra
que no es guerra" contra el crimen organizado, como por lo relativo a la estatura de los personajes involucrados.
Pero mi asombro pasó a ser una inmensa preocupación, cuando después me percaté de una "aparente coincidencia" en relación con los dos "discursos", porque yo no creo en esas
coincidencias, y porque a
la que me refiero, se convierte, según mi punto de vista, en algo enormemente serio y grave. Paso a explicar.
No creo
en las "esas coincidencias", desde que me enteré leyendo
a Jean D’Ormesson, de que
no era cierto el decir –que yo creí
muchos años– de que Cervantes y Shakespeare habían
muerto precisamente –¡qué coincidencia!– el mismo día. Efectivamente
ambos literatos fallecieron
el 23 de abril de 1616, sin embargo, el más grande escritor
de lengua castellana terminó sus días
en Madrid el martes 23, mientras
que el más grande escritor de lengua inglesa pasó a mejor vida
en Stratford-upon-Avon el sábado 23 de abril. Esta aparente
incongruencia, se debe a que Cervantes vivía en la España católica que se regía por
el calendario gregoriano,
en tanto Shakespeare lo hacía
en la Inglaterra protestante
que usaba el calendario juliano, que no coincidía con aquél. Cervantes murió, entonces, 10 días antes que Shakespeare y no el mismo día.
Por esa mi incredulidad
en las coincidencias, me preocupó tanto, volviendo a mi tema de origen, el percatarme, repito, de que el primer ministro inglés pronunció su célebre
discurso el 13 de mayo de 1940, y Calderón citó a sus incondicionales
justamente el 13 de mayo pasado
para endilgarles su filípica. Como no lo considero coincidencia, sino cosa predeterminada,
preconcebida, me preocupa
el gesto de megalomanía exacerbada que significa el considerar su vida y la de Churchill como "vidas paralelas" –¿se sentirá en verdad, Churchill rencarnado?– y por ende, que
el Presidente quisiera prolongar el paralelismo –salvando supongo, el Premio Nobel de Literatura–, a extremos que, dada su proclividad hacia nuestros vecinos del norte, lo lleven a tratar de repetir los trazos
de la historia.
Lo planteo
con temor, porque aún quedan dos 6 de junio en la presente administración federal, y como el
6 de junio de 1944 fue el
"día D" del desembarco
de Normandía, no vaya a querer empatar la fecha con la de un desembarco de contingentes estadunidenses en el
Plan Mérida, para apoyarnos a ganar la guerra contra el “eje de los cárteles”.
Cuando hay rumores de que se instalan bases militares estadunidenses en el país; cuando se confrontan opiniones en el seno del Ejecutivo, sobre si se autorizaron
sobrevuelos, se solicitaron
o se ignoraban; cuando se discute sobre el estado fallido, la seguridad nacional de ambos lados de la frontera, se ofrece a EU pleno
acceso a nuestros datos de inteligencia, o se analiza la forma de proteger a los agentes extranjeros
que están en nuestro país "desarmados", creo que no está por
demás encender las antenas, aunque
nos califiquen de paranoicos.
Sin embargo, claro está, si
en el tablero de su política el Presidente piensa mover esas fichas, lo de menos serán las fechas.