Benedicto XVI, los curas pederastas y los latinos
en EU
Carlos Martínez
García
Los resultados
del viaje son más mediáticos que reales. La visita de Benedicto XVI a Estados Unidos
ratificó una línea pastoral que no enfrenta los problemas
de raíz, sino que les da tratos
superficial y aplaza su resolución en detrimento de millones de católicos que ahondan su
desilusión en el liderazgo
de la Iglesia católica.
Buen número de comentaristas y analistas mostraron sorpresa, y aun hicieron elogios
ante la decisión papal de encontrarse
con algunas víctimas de la pederastia clerical en Estados Unidos. Olvidaron que por la peculiaridad de la sociedad estadunidense, en cuanto a su composición religiosa y vigilancia de los liderazgos de cualquier talante, Benedicto XVI se vio prácticamente obligado a mostrar algunos signos de que los
escandalosos abusos ya no volverán a pasar.
Se conoce
la dimensión de los abusos sexuales perpetrados por curas católicos en ese país gracias a la movilización de los agredidos, por la solidaridad de quienes contribuyeron con ellos y ellas tanto a difundir
el tamaño de la problemática
como a demandar ante las instancias legales a los pederastas.
Fue la organización de los ciudadanos, su insistencia en documentar y hacer públicos los ataques sexuales
clericales en esa nación, lo que hizo que la cuestión
tomara dimensiones públicas y de interés nacional.
Las distintas instancias de autoridades eclesiásticas en Estados Unidos y Roma hicieron todo lo posible por ocultar
los escándalos. Cuando fracasaron
en su intentona, operaron un control de daños y minimizaron la problemática, en lo cual no obtuvieron éxito.
Fue
toda una red de complicidad en el interior de la Iglesia
católica estadunidense la que permitió los
miles de casos de abuso
sexual, no la conducta solitaria
de uno que otro clérigo. Al respecto existen datos contundentes:
“Un estudio
ordenado por la Conferencia Episcopal Norteamericana
en 2004… cifra en más de 11
mil el numero de niños victimados por cerca de 5 mil sacerdotes en las tres décadas
recientes. Como muchos casos se resolvieron conforme a la cultura y la ley estadunidenses mediante indemnizaciones civiles, la estadística pertinente incluye los 2 mil millones de dólares que se han pagado a ese
respecto, y que han causado la quiebra de más de un gobierno diocesano” (Miguel Ángel Granados Chapa, “El Papa y la pederastia
clerical en México”, Proceso, 20 de abril).
El Papa tuvo
palabras y acciones favorables para los inmigrantes latinoamericanos, la mayoría de ellos y ellas
entraron a Estados Unidos sin visa. El aparato
productivo estadunidense se
ha beneficiado en gran escala mediante los bajos salarios
y las casi nulas prestaciones sociales que padecen
los llamados ilegales. Éstos, en su mayor parte, llegan a esa
nación como católicos y son el principal factor del crecimiento
del catolicismo allá. Tal realidad tiene
otra cara,
la menos conocida, y que crea inquietudes en la sede papal en Roma.
De acuerdo
con datos hechos públicos la semana pasada por The Pew Forum on
Religion and Public Life, 44 por ciento de los estadunidenses
han cambiado de creencia religiosa en el paso de la infancia y primera juventud a la edad adulta. Buen porcentaje
de esos cambios suceden entre el amplio abanico que representa en Estados Unidos el cristianismo protestante/evangélico.
Al respecto
podemos decir que quienes eligen
tal opción, permanecen dentro de la familia confesional protestante/evangélica, aunque su compromiso específico
sea con una rama de esa familia, es
decir, no se trata de un cambio abrupto, sino de una readscripción
en el interior de una confesión
lo bastante amplia
como para reconocer en su seno a luteranos, reformados, bautistas, metodistas, congregacionales, la extensa gama de pentecostalismos y las allá conocidas como iglesias emergentes.
En lo que
respecta a los católicos en Estados Unidos, casi un tercio de la población fue criada en aquella
fe, pero hoy se reconocen católicos 24 por ciento de los estadunidenses,
menos de la mitad de quienes se identificaron como protestantes/evangélicos, casi 52 por ciento.
El estudio muestra
claramente que la Iglesia católica tiene su mayor feligresía entre las familias de inmigración reciente. Cuarenta y seis por ciento de los
estadunidenses nacidos fuera de Estados Unidos son católicos, ante 24 por ciento
de protestantes.
La situación
cambia cuando el indicador tomado es la adscripción
religiosa de los nacidos en Estados Unidos, 55 por ciento es de protestantes
y 21 por ciento de católicos. Es decir, un porcentaje significativo
de quienes en su infancia eran católicos,
con los años deciden cambiar a distintos credos, entre éstos tienen primacía
las iglesias de corte evangélico/pentecostal.
La propagandizada
vitalidad del catolicismo entre los inmigrantes sin documentos válidos para las autoridades
estadunidenses tiene matices, ya que
entre la grey que los clérigos creen
pasiva en los hechos existe gran
movilidad.
En un
campo religioso como el estadunidense, donde existe amplia competitividad,
la Iglesia católica, y Benedicto XVI lo sabe, está urgida de estrategias para que sus feligreses
permanezcan en ella. Para su infortunio, la dinámica del cambio
la definen otros factores sobre los que carece
de control.