Intervencionismo
Una
larga cadena de experiencias dolorosas ha cultivado nuestro instinto de conservación frente a EU.
Juan Carlos Sánchez Magallán
La tentación
está ahí y se manifiesta a la primera oportunidad: a la señora Janet
Napolitano, secretaria de Seguridad
Interna del gobierno, y a
Joseph W. Westphal, subsecretario
del ejército estadunidense,
les llegó la preocupación
de la larga lista de sucesos ocurridos en la lucha contra el narco y la primera declaró: “Estamos listos para ir con vigor contra cárteles” y, el segundo, se refirió al peligro de que “el crimen organizado tome el control del gobierno”
(mexicano). Ambos coinciden
en un deseo inocultable: intervenir.
Una larga cadena
de dolorosas experiencias
ha cultivado nuestro instinto de conservación frente a nuestros ambiciosos vecinos del norte y ante esas expresiones sentimos soplar los aires del intervencionismo.
Los estadunidenses
están ansiosos de intervenir con sus fuerzas represivas, incluido el ejército, en el territorio nacional, para poner fin a una guerra defectuosamente
disimulada e interminable contra la delincuencia organizada y manifiesta a cada día, en alguno de los puntos de la geografía de la República Mexicana.
Los responsables
de mejorar las novedades de la lucha contra la delincuencia, ávidos de espectacularidad, deseosos de hacer sentir a la opinión pública el término de esa oscura batalla sin fin, cada vez exageran
la importancia del último detenido, consiguen alertar la esperanza de la cercana conclusión, y los cuentos hechos
nos conducen a deducir la muy lejana victoria final.
Esa larga cadena
de eslabones, destinados a convertirse en optimismo, continúa alargándose y dilapida la creencia pública en el gobierno, en forma
especial en Ciudad Juárez de la frontera
del norte, al punto de conseguir la desconfianza de los vecinos y, lo más inquietante, estimularles su abierto apetito de correr presurosos a prestar sus buenos
oficios de gendarmes del mundo.
Las repercusiones
de los casos de Túnez y Egipto, sin duda condujeron al presidente Calderón a profundizar
el aniversario de la Marcha
de la Lealtad, exhibiendo
lo identificadas que están las Fuerzas
Armadas con los genuinos intereses de la República. La exhibición pudo muy bien ser un
mensaje a los oficiales del Ejército y a los de la Marina de no inclinarse
a tentaciones golpistas frente a provocaciones externas.
Ante los
sucesos mundiales unidos a las experiencias
históricas, no es fácil creer en la coincidencia de declaraciones, de
dos funcionarios de tan elevada
representatividad, frente
al tema de la delincuencia
en otro territorio. La casualidad es que
ese territorio
es el nuestro y la cercanía geográfica estimula la facilidad para una invasión
súbita, justificada ante el
mundo, como la mano salvadora de un país amigo.
El presidente Obama acertó en Egipto. Sus palabras sobre
un mundo nuevo,
adelantado gracias a los avances tecnológicos, resultaron acertadas frente a un régimen petrificado en una sociedad sumida en la miseria. No es el caso mexicano. No hemos alcanzado el pleno desarrollo pero estamos conscientes
de cuanto significa nuestra patria.
Por el bien nacional,
el secretario García Luna debía hacer público
un perfil de cuanto ha significado la lucha contra la delincuencia, sus logros, sus debilidades,
la falta de la inteligencia,
los elementos humanos comprometidos y caídos en una guerra
convocante del malestar en
la opinión nacional, y algo sustantivo cuanto imprescindible: el plan cronológico para obtener un final a tanto sacrificio.
El sexenio ya camina
en su año cinco. La nación debe y tiene
derecho a saber cuál va a ser la cosecha
y, sobre todo, cómo se considera concluir una guerra
mal disimulada, cuyo paso dejó enlutados
más de 35 mil hogares.
*Abogado
y político
sanchezmagallan@hotmail.com