Drogas: seguir a Estados Unidos
José A. Crespo
Quienes consideramos que la opción menos
mala para enfrentar las drogas sería
su despenalización (gradual,
cuidadosa, exploratoria) y tratar el problema como uno
de salud pública (según ocurre con el alcohol y el tabaco), estamos conscientes de la dificultad política para instrumentar
dicha estrategia. Sabemos que mientras
Estados Unidos se oponga a esa medida,
sería imposible aplicarla, pues la presión de ese
país en sentido contrario sería irresistible para los débiles gobiernos latinoamericanos. Por sus declaraciones,
parecería que Felipe Calderón pertenece al grupo de quienes así piensan, contrariamente
a lo que se infiere de su costosa
estrategia contra el narcotráfico.
Al menos eso
sugieren algunas de sus declaraciones, hechas a propósito de su II Informe de Gobierno. Ante la pregunta
de la conductora Denise Maerker
sobre si “¿no sería más barato
en recursos y en vidas humanas, promover la legalización de las drogas?”, Calderón
respondió: “Esa es una alternativa
que por supuesto
tendrá que explorarse (pero) debe ser un esfuerzo universal que yo no veo…
Entiendo
la lógica, que es matar el estímulo
económico que da la prohibición misma. Pero si la prohibición
subsiste, por ejemplo, del lado de la frontera norte, ni se mata el estímulo
económico y sí se genera que se agrave el tema de la impunidad” (01/09/08).
De acuerdo con esto, el
principal problema que ve Calderón en la despenalización es que no se aplique también en Estados Unidos, debido a que el comercio ilícito continuaría.
Pero he aquí que
Estados Unidos ya legalizó una
parte de ese comercio, es decir,
la cannabis. No lo hizo a nivel
nacional, es cierto, pero sí
en 13 de sus entidades federativas. Eso demuestra que para
despenalizar la mariguana
no es indispensable esperar
a que todo el mundo lo haga (y ni siquiera
el continente). En las entidades de la Unión Americana que
ya lo hicieron ni siquiera
aguardaron a que fuera una medida
nacional: lo decidieron de manera soberana sin importar que persista
la política de prohibición
en el resto de ese país. Lo que México podría hacer para
modificar su malograda política de drogas —con vistas a golpear el poder económico de los cárteles, que se traduce en poder político, capacidad de corrupción y desafío armado— es seguirle los pasos a Estados Unidos o, mejor dicho, a algunos de sus estados que
decidieron ya despenalizar la mariguana. Es el caso específico de California, la
quinta economía del mundo, que
además hace frontera con México (en particular con Tijuana, una de las “ciudades
fallidas” que han sucumbido al desgobierno y la anarquía producto de la guerra contra el narco).
Se trataría,
pues, de despenalizar la mariguana con una lógica pragmática (enfrentar el problema con los menores costos humanos y sociales posibles), pero no a partir de un patrón
distinto del seguido por los estadunidenses. Sería más fácil,
y políticamente más viable,
adoptar una legislación semejante a la de, por ejemplo, California, donde es legal cultivar, vender y
consumir la mariguana para propósitos terapéuticos. Hacerlo en México
con fines recreativos tiene
menor viabilidad política (muy poca,
en realidad). En California se puede ir al médico
y solicitar una receta para comprar
mariguana en tiendas legales, si es
que se padece —o se dice padecer— dolor de cabeza, inapetencia o insomnio (pues la mariguana sirve para relajar
el cuerpo, generar hambre y provocar sueño). El paciente debe pagar por
la receta aproximadamente 20
dólares y con ella puede ir a una
tienda legal para adquirir una cantidad
determinada de mariguana, la
cual es de mejor calidad que
la obtenible en el mercado
negro. Muchos consumidores prefieren hacer tales trámites y pagos adicionales porque obtendrán un producto
de mayor calidad y, por ende, menos dañino
a su salud. De adoptarse en todo México la legislación californiana (o una adaptación que no la rebase), Washington no tendría
elementos políticos para presionarnos, pues nuestra respuesta
natural sería, ¿y por qué en 13 entidades de la Unión
Americana sí se permite adoptar dicha legislación?
Se trataría de no avanzar ningún paso más
allá que en Estados Unidos, para no dar pie a las presiones políticas
consecuentes. De hecho, el gobierno de Barack Obama quizá fuese más sensible a esa eventual decisión por parte de México, pues ese presidente
consumió en su juventud mariguana y cocaína, según ha dicho.
¿Qué
ganaría México con ello? Desfondar buena parte de los ingresos de
los cárteles mexicanos.
¿El tráfico ilegal podría continuar hacia las entidades
estadunidenses que no han despenalizado
la hierba? En principio, sí, pero de la misma forma en que puede ocurrir —y seguramente sucede ya— entre los estados de la Unión
Americana. Si tal tráfico no genera allá una violencia como
la de aquí, se debe a que el gobierno de ese país ha optado
por seguir una estrategia distinta de la nuestra (combatir más la demanda que la oferta). En lugar de desgañitarnos en una guerra cuyo único
resultado ha sido elevar la violencia y la inseguridad —y que va escalando
en el rango de las víctimas— y el alza de la producción y el consumo de enervantes, más valdría seguir los pasos de Estados Unidos en materia de despenalización.
Al menos, las alternativas
a la actual estrategia debieran
discutirse seriamente en seminarios especializados convocados por el Congreso de la Unión. Eso ayudaría más que el lodo
que los partidos se lanzan a propósito del fracaso de la estrategia calderonista en este tema. Y es
que, si no hacemos algo eficaz
al respecto, “el próximo presidente podría ser un narco”, según parece
haber advertido
Calderón a distinguidos priistas, en ríspida reunión celebrada en Los Pinos.