Calderón en los ojos
de EU
Antonio
Rosas-Landa Méndez
17 de enero de 2009
CHICAGO, Illinois.— La visita del presidente Felipe Calderón a Washington se puede
leer de muchas formas, pero indudablemente fue un triunfo que Barack Obama se interesara en
entrevistarse con el líder
de su vecino y socio comercial.
México está
en la mente de Obama, pero
no lo está en la mente de
los estadounidenses. La prensa cubrió la visita escuetamente resaltando la violencia que aqueja a nuestro
país. El Chicago Tribune publicó
una foto de Obama con Calderón. Irónicamente, el texto que circundaba
el gráfico no era acerca de
este tema,
sino sobre asuntos domésticos en los que Obama toma el timón.
El miércoles
se publicaron dos columnas
de opinión en el mismo diario que abordaron
la reunión presidencial. Clarence Page, de la Junta Editorial del Tribune, relató la advertencia que recibió de que “había que
estar loco para ir a Ciudad Juárez”, en una visita que
hizo a El Paso, Texas. Pintó el panorama desolador de la violencia en su texto “Guerra contra las drogas en el vecino”.
Describió cómo el enfrentamiento
con el narco ocupa sólo espacios en algunos canales de tv por cable en los que, generalmente, se usa esta información
para corroborar el fanatismo de aquellos que el embajador Arturo Sarukhán llama The anti-Mexican Crowd, (el grupo antimexicano).
México tiene
que ganar opinión pública más allá de California y Texas para enterar a los
estadounidenses de los devastadores efectos que tiene
en el país la demanda de drogas en el norte o el tráfico de armas que fortalece a los cárteles. El periodista escribió: “Los asesinatos en México se duplicaron
el año pasado para llegar a más
de 5 mil 600. Esto es más que el total de
estadounidenses muertos en Irak
(en casi seis años)”.
Ilustrando con datos que ayuden a dimensionar
el tamaño de la tragedia que se vive en México es la única forma de conseguir el soporte político que exige la cooperación
contra el narcotráfico y otros
pendientes. Y no sólo hay que ganar la atención
de Obama; hay que lograr buenas relaciones con el Congreso, que es
el que aprueba o niega el dinero de medidas como
la Iniciativa Mérida.
El otro comentario en el Tribune fue una alegoría ideológica
que en su prisa por devastar
al gobierno de Calderón, cosa que no me preocupa, no midió el perjuicio de reafirmar el pésimo estigma de un país. John M. Ackerman aseguró que Obama se equivocó en comenzar su diálogo con América Latina entrevistándose
con Calderón, pues pudo escoger entre otros líderes “más creativos”, como Cristina Fernández de
Kirchner, de Argentina. Quizá le parece
creativo que Fernández haya llegado donde está
de la mano del abuso del poder y el dinero del Estado que canalizó su predecesor
y esposo Néstor Kirchner.
Tal vez piensa que nacionalizar los fondos de retiro o encabezar un gobierno
de confrontación con los sectores
productivos es un modelo de la tierra prometida en la que le gustaría vivir.
Si Ackerman se quiere
comer vivo a Calderón no me importa;
es más, si
lo desea, yo le paso la sal. El asunto es que
al descalificar al Presidente
como un interlocutor válido para sentarse
con Obama le cierra la puerta
a la relación bilateral, no a un señor
llamado Felipe. Es curioso:
los radicales de derecha e izquierda son similares. Bush piensa que sentarse
a negociar con sus adversarios es legitimarlos, por eso esconde la cabeza como
avestruz para “no verlos ni oírlos”.
Y Ackerman postula que debido a que la administración Calderón es un desastre,
Obama no debió dirigirle la
palabra. Lo dicho, se parecen.
México tiene que comunicarse con los
estadounidenses para hacerlos
entender por qué somos corresponsables
de los problemas mutuos. No
sugiero mandar a una horda de paleros,
pero sí a gente que entienda
y explique los retos con una visión constructiva.
Los reclamos y sombrerazos
binacionales no sirven para nada. El hecho de que estos líderes
hayan hablado no significa mucho, pero al menos es el principio de un cimiento sobre
el que se puede partir.
Alanda@Tribune.com
Jefe de la página editorial del diario ‘Hoy’