Obama: urge cauterizar el drama
Juan María Alponte
05 de junio de 2008
Parece, finalmente,
que Hillary Clinton ha sido
derrotada.
El costo de la batalla fratricida obligará a Barack
Obama, a restaurar, pronto y eficazmente,
el equilibrio del partido. Todo lo que no sea así
servirá a McCain.
Hillary ha insistido
en que ha obtenido más “votos populares”
que Obama, quien a su vez cuenta
con más delegados y superdelegados. No deja de ser extraordinario que The Wall
Street Journal pueda decir,
en ese punto, que “es muy
difícil un conteo de los votos” y, todavía,
el 3 de junio, June Kronholz,
en el mismo periódico, titulaba así: “Some
superdelegates may defer decision”, “Algunos superdelegados pueden diferir la decisión”.
Ello permite medir
las complejidades de un sistema electoral donde las contradicciones, históricas, entre el voto popular y el voto (del Colegio) electoral (este último tiene la capacidad de decisión como se demostró en las últimas elecciones
de George W. Bush frente a Al Gore) se incrementaron, en las elecciones primarias, con las barreras y contrabarreras, en orden al voto directo, con las explosivas paradojas de delegados y superdelegados. El gran dilema reposa en un conflicto, ético,
entre legalidad y legitimidad. Al Gore, sin una duda, aceptó
la “legalidad”, pero la legitimidad será el dilema futuro de Barack Obama.
En 1787, en la Convención de Filadelfia, se presentaron ya esos grandes temas. La Asamblea Constituyente estuvo conformada por 55 hombres. De ellos, 29 estuvieron
en las grandes universidades. Entre los otros 26 estaban
grandes personajes como Wa- shington,
elegido inmediatamente como presidente de la Convención, o como el inventor y diplomático Benjamín Franklin.
Washington definió el problema
así: “Si por complacer al pueblo le ofrecemos lo que no seríamos capaces de aprobar nosotros mismos, ¿cómo justificaremos
nuestra obra? Levantemos un estandarte
que pueda unificar a todos los hombres sabios y honestos. El resto queda en manos de Dios…”. Sabios y honestos,
pues. Una clase.
Hamilton, originario
de las Antillas, inteligente y colérico (quizá por no ser de la gran oligarquía) recuperó viejas ideas de Atenas: “Si el gobierno está entre
las manos de un pequeño número
—dijo— tiranizará a la mayoría; si el gobierno está entre
las manos de la minoría. El gobierno,
por tanto, debe estar en las
manos de los dos y deberán ser bien distintos”. Se decidió, de
inicio, que el presidente fuera nombrado por un
colegio de electores elegido en cada estado y cuyo número
sería equivalente a los senadores y representantes que tuviera cada estado.
Así nació el Colegio Electoral.
Los primeros cinco
presidentes (Washington, Adams, Jefferson, Madison y
Monroe) fueron elegidos,
sin más, por el Colegio Electoral.
En la elección del sexto presidente
intervino, por vez primera, el voto popular. Se verá.
John Q. Adams (hijo del presidente John Adams) obtuvo 108
mil 740 votos populares y
Jackson 153 mil 544. El Colegio Electoral dio a Jackson 99 votos y 88 a Adams. En el voto popular
Jackson era mayoritario y también
en el voto electoral, pero
el Colegio Electoral (decisorio)
tenía 261 delegados de los 24 estados de entonces. En suma, ninguno de los candidatos presidenciales contó con la mayoría del Colegio y, por
tanto, de acuerdo con la ley, la Cámara de Representantes decidió. Adams recibió el voto electoral de 13 estados (uno más
que la mayoría necesaria) Jackson contó con siete estados y Crawford, el tercero en discordia,
los votos (electorales) de cuatro estados. Jackson, séptimo
presidente, tuvo mayoría en el voto popular… y en
el Colegio Electoral.
Aún con las modificaciones
a la ley el conflicto entre voto electoral y voto popular nos recuerda las palabras
de Washington en 1787. La ley es
la ley. Barack Obama está en su seno,
poderoso e inquietante.