Orwell, Google y
Facebook
Por: Sergio Muñoz
Bata
Si
usted alguna vez les ha comentado a sus amigos en las redes sociales que la cena en cierto restaurante fue estupenda o les ha recomendado que compren una canción
y no renuncia a utilizar
los servicios de Google plus antes del 11 de noviembre, no debería extrañarle que la próxima vez que
entre en línea vea su foto y sus
comentarios patrocinando al
restaurante que usted inocentemente recomendó a sus amigos. Facebook hace algo semejante
desde hace tiempo.
Tanto Google como
Facebook saben que los anunciantes quieren saber más sobre los gustos
y preferencias de los usuarios
de redes sociales y no les disgusta la idea de ganar dinero. El problema, sin embargo,
es que esto
es un abuso de confianza porque, cuando una persona expresa sus preferencias
o comparte información
personal, no lo hace para que alguien gane
dinero.
El
tema me ha hecho recordar que no hace mucho tiempo los estadounidenses le asignaban un
valor especial a la llamada “privacidad”.
Hace 30 años, el escritor español Alfonso Sastre vino a California y mientras recorríamos los arbolados senderos del complejo habitacional donde se hospedaba me contó que le habían
dicho que el diseño del conjunto obedecía al deseo de preservar la “privacidad” de las personas en sus apartamentos. “¿Qué es esto de la privacidad?
–me preguntaba–. La palabra
privacidad –me insistía– no
existe en el idioma español.”
Unos años después de la visita de Sastre a California sentí que el Zeitgeist estadounidense había cambiado, y lo había hecho en forma radical desde el primer programa de televisión de Oprah Winfrey, quien
convirtió la televisión en
un confesionario, en el que
los invitados desnudaban su alma ante el aplauso de una audiencia que
se conmovía con sus relatos.
Más tarde, como suele suceder
en el acontecer histórico,
la exposición de la dolorosa experiencia
personal que Winfrey patentó
se convirtió en farsa por la vulgaridad de un
conductor, llamado Jerry Springer, quien logró que
los invitados a su programa no solo desnudaran su alma sino que
expusieran públicamente sus peores perversiones.
Un modelo de programa televisivo que pronto sería imitado por
una deleznable conductora peruana, que parecía escapada
de una novela de Dostoievski y quien en su espacio televisivo
revelaba las miserias de un puñado de personas
desesperadas ante una audiencia de habla española.
No
sin cierta reticencia, porque a nadie le gusta ser espiado y, menos, ser utilizado por compañías que
podrían beneficiarse económicamente con nuestras indiscreciones, creo que debemos admitir
que es la propensión al voyerismo exhibicionista que todos llevamos dentro la que provoca
la ambición de Google y Facebook. Nosotros
mismos hemos cedido nuestra información personal posibilitando
que quien hace viable nuestra conversación con nuestros grupos de amigos la utilice para amortizar su inversión, pagar
sus gastos y ganar, de paso, una millonada.
Por otro lado, no puedo dejar de cuestionar el dudoso valor de una recomendación de un restaurante hecha por un ilustre
desconocido. ¿A quién, sino a su grupo
de amigos, le puede importar
que Juan Pueblo diga misa sobre un restaurante
en su barrio? Sin embargo, si
a usted no le parece correcto lo que Google y Facebook
hacen o planean hacer, su primera
opción es salirse de ambos. Use Google sin identificarse,
y saque sus fotos y datos de Facebook. De poco le servirá, sin embargo, porque el problema es que mientras
más avance la tecnología menos podremos escapar de ella, a menos que
renunciemos a hablar por teléfono con el celular, a navegar en Internet, a
leer libros en Kindle, a jugar
con el iPad o a ver mapas en sistemas de navegación por GPS.
El
Gran Hermano de George Orwell ya
llegó para quedarse.