Los gritos de
los talibanes norteamericanos
Envalentonados por la inusitada
insolencia de un representante de Carolina del Sur al Congreso
que interrumpiera el discurso del Presidente la semana pasada, el ala talibán del Partido Republicano se ha lanzado frontalmente contra los indocumentados.
Hoy, lo más
probable es que ya el mundo entero
sepa que mientras el presidente Barack
Obama explicaba que la reforma del sistema de cuidado de salud no favorecería a quienes se encuentran ilegalmente en el país, el representante republicano Joe Wilson rompió con
el protocolo y las reglas del Congreso, que exigen decoro
y respeto a la figura presidencial, y a medio discurso le gritó que mentía.
Lo que
no es muy conocido es que
Wilson pertenece a un grupo
llamado 'Hijos de Veteranos de la Confederación',
con sede en Carolina del Sur, el estado
esclavista que iniciara la Guerra Civil al ser el primero
en separarse de la Unión Americana en 1860; que hizo su
carrera política como protegido de Strom Thurmond,
un senador del mismo estado que en el 2003 murió convencido de que había que
mantener al país segregado racialmente; y que en el año 2000, Wilson encabezó la lucha por mantener la bandera de la Confederación ondeando en el Capitolio estatal.
La verdad,
simple y llana, es que el que miente
es Wilson. Los proyectos de
ley que se discuten en la Cámara de Representantes dicen textualmente que ni los subsidios
ni los créditos para expandir la cobertura podrán ser utilizados por los inmigrantes ilegales.
Y aun
suponiendo que valiéndose de su pobreza algunos indocumentados sigan recibiendo algún tipo de cuidado médico a través de Medicaid, el sistema creado para atender a los más pobres, según
organizaciones independientes
como Tax Foundation, el número de solicitantes sería tan pequeño que jamás tendría
el impacto económico que Wilson y sus talibanes aseguran que tendría.
Tal y como están ahora redactados los proyectos de ley, los indocumentados no calificarían para comprar seguro
médico ni para recibir subsidios;
tampoco serían obligados a comprar el seguro.
Y esto, aunque lo celebren los talibanes, debería más bien
ser motivo de preocupación porque entre quienes no tienen acceso a servicios médicos están los que cocinan
los alimentos y sirven en las mesas de los restaurantes y
los que a diario entran a las casas
de la clase media trabajadora
a cuidar a sus hijos.
Situado al extremo oriente de la nación, es probable que el Wilson de
Carolina del Sur no se haya enterado de la debacle política
de su partido en California
propiciada por la actitud antiinmigrante de otro Wilson. Buscando asegurar su reelección
en 1994, Pete Wilson culpó a los indocumentados
de todos los males que afectaban al estado. Con sus mentiras, logró una victoria pírrica,
pues no sólo se ganó la antipatía de los votantes latinos,
sino que condenó a su partido
a la irrelevancia política.
Y que nadie se engañe, años después;
Arnold Schwarzenegger ganaría la gubernatura
no por ser republicano, sino por ser un
taquillero actor de Hollywood.
Hoy, desgraciadamente
para la democracia, los republicanos en California son una
minoría tan debilitada que sólo sirve
para estorbar y es por eso
que le corresponde al ala ilustrada del partido recuperar su sitio
como oposición leal. Ahora es
cuando las voces de la cordura deben aparecer y poner fin a la estridencia.
No olvidemos
que fue el mismísimo John McCain quien por años se esforzó
por terminar con la demonización de los indocumentados
y mostró que un conservador racional podía trabajar con un liberal como Ted Kennedy para proponer una reforma
del sistema migratorio que incluía la legalización de aquellos que hoy Joe Wilson se deleita en denostar.
Para sacar
al país del serio problema en el que se encuentra se necesita el concurso de los dos partidos y esa colaboración debería empezar acordando los términos de la reforma del sistema de salud para proseguir después con la reforma integral
del sistema migratorio nacional.