Dilma y Barack: una
pareja irresistible
Moisés
Naím 14/11/2010
En junio
de 2003, el nuevo presidente
de Brasil viajó a
Washington para conocer a
George W. Bush. La víspera de
esa reunión, publiqué una columna
en el Financial Times donde exhortaba
a Bush a ser tan audaz con Brasil
como lo estaba siendo con Irak. Solo que, en el caso de Brasil, le pedía que en vez de buscar
un cambio de régimen, hiciese todo lo posible por apuntalar al Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Le proponía a Bush que hiciera a Lula una oferta que este
no pudiese rehusar: un amplio y generoso acuerdo comercial, un sólido respaldo a los programas sociales que el brasileño había prometido en su campaña, y que
dejara claro a los mercados financieros internacionales (que en esos momentos aún
veían a Lula con suspicacia)
que la Casa Blanca sí creía en el ex líder sindical y que le daría su irrestricto
apoyo. Ese pacto entre los dos gigantes del continente, escribía yo entonces, podía
transformar de manera muy profunda no solo Brasil, sino toda
la región. Si ambos países
se comprometían a reducir sus restricciones al comercio internacional y a
defender juntos la democracia
en el continente, e invitaban
a los vecinos a unirse a esa alianza, desencadenarían
una positiva revolución económica y política en el hemisferio. Para
el resto de los países, quedar excluido de un acuerdo de esta
magnitud impondría costes prohibitivos.
En aquella
columna también reconocía que era muy fácil burlarse
de mi propuesta... y de mi ingenuidad.
Esa
primera reunión entre Lula
y Bush fue muy exitosa y el conservador estadounidense y el laborista brasileño sorprendieron al mundo con su muy
cordial relación inicial. Pero no pasó nada más. No hubo ningún interés
de la Casa Blanca en hacerle propuestas
concretas a Brasil. Y afortunadamente, Lula no necesitó
de Washington para impulsar
el enorme progreso que registró su
país durante
su presidencia. Pero siete años más
tarde, mi idea sigue siendo válida.
Una
alianza sólida de Brasil y Estados Unidos puede ser una de las innovaciones
geopolíticas más importantes de estos tiempos. Y quizá la más viable. No se
trata de que los soldados brasileños vayan a morir en las arbitrarias guerras de los estadounidenses, o
de que Brasilia se supedite
a los dictados de Washington. Esos
tiempos ya pasaron y Estados Unidos ni
siquiera cuenta ahora con el apoyo incondicional de aliados tradicionales, como los ingleses o los canadienses. Se trata de llegar a una serie de acuerdos
-muy posibles- sobre temas esenciales
para ambos países y para el resto del mundo: de las relaciones
comerciales al cambio climático, de las reformas de las finanzas y el comercio internacional a la proliferación
nuclear o la manera en la que
el mundo manejará las inevitables dislocaciones producidas por el creciente poder económico y político de China, India y, por supuesto, Brasil. Es obvio que ambos países deberán hacer concesiones y que a la superpotencia del norte y al gigante
del sur no les será fácil aceptar algunas
de las condiciones del otro. Pero de eso se trata.
De entender que estos compromisos son un precio que
vale la pena pagar por forjar una
alianza que puede tener un enorme impacto positivo.
Mi propuesta, entonces, es que
Dilma Rousseff, la próxima presidenta de Brasil, haga a Barack Obama una oferta tan atractiva que este no se pueda darse el lujo de rechazarla. Por muchas razones, Obama va a ser mucho más
receptivo a esta oportunidad de hacer historia que su
predecesor. Para los brasileños
esto supone un cambio difícil:
dejar de creer que lo que le conviene
a los Estados Unidos es malo para
Brasil. A veces es así, y los intereses
de uno chocan con los del otro. Pero en muchos
otros casos no. De hecho, los temas
donde hay intereses comunes son más numerosos e importantes que aquellos en los que hay, y seguirá habiendo, diferencias irreconciliables.
Conozco
bien la lista de las objeciones y obstáculos a esta
propuesta. Y sé
que sigue siendo una ingenuidad.
Pero no es mal ejercicio que la próxima presidenta de Brasil piense con audacia en cómo revolucionar la relación de su país con EE UU. El potencial de bienestar y progreso que se desencadenaría si esta ingenuidad se transforma en una realidad es demasiado
grande como
para que Rousseff ni siquiera
la imagine y la explore. El escepticismo
a veces puede ser mucho más oneroso y cegador
que la ingenuidad.
mnaim@elpais.es