El odio
Elvira
Lindo
15/09/2010
Los que
acentúan la división entre
personas de distinta ideología
hasta hacer la convivencia insoportable, deberían pagarlo. Deberían pagarlo los que agitan la idea de que es imposible
la amistad entre personas que
votan a partidos enfrentados. Deberían pagar su enorme
capacidad de hacer daño los que extienden
la idea de que es imposible convivir con individuos de cierta religión. Deberían pagarlo. El 11 de septiembre de
2001 Estados Unidos padecía la era Bush. El entonces presidente no se presentó de inmediato en la ciudad del atentado.
La demora fue interpretada como falta de reflejos por unos y como
rechazo a una ciudad en la que nunca se sintió
querido por otros. Aun así,
aun sucediendo el atentado bajo uno
de los gobiernos más emparentados con el extremismo religioso, los neoyorquinos supieron comportarse a la altura de su propia
naturaleza: en la ciudad conformada
por aluviones migratorios, se contuvieron los intentos de agresión hacia los numerosos musulmanes que pueblan sus cinco
barrios. ¿Qué ha pasado entonces para que
tras dos años de presidencia demócrata se haya elevado el número de americanos que demonizan a Obama por considerarle musulmán y para que un porcentaje considerable de
ciudadanos estén en contra
de que se construya un centro islámico cerca de la zona cero? A la vista
está que para recuperar el poder el partido republicano no duda en valerse de mentiras y prejuicios hacia lo ajeno. Lo hace con furia. Sin importarle que el país se divida en dos. Algunos medios de comunicación, fieles también a esa táctica de alimentar la saña, hacen su trabajo.
Lo han hecho concediéndole una importancia desmedida al patético quemador de coranes, el pastor Jones. En tiempos
la mierda se extendía por un humilde ventilador, ahora el odio viaja mucho más rápido. Los que lo propagan, me temo, nunca lo pagarán.