Palabras de esperanza
o desilusión
El presidente
Obama transmite en su discurso el convencimiento de que el Imperio debe seguir siendo
el Imperio, sólo que un Imperio bueno.
Del discurso
inaugural de la llamada “Era Obama” nos quedó la impresión
de que se juntaban, en el
44º Presidente de los Estados
Unidos, dos personalidades
un poco extrañas para la época: la del líder de la mayor potencia mundial, elegido para enfrentar a partir de ahora dos guerras y una crisis económica casi tan grave como la depresión de los años 30 del siglo pasado, y la del pastor carismático
que invoca la ayuda de Dios una y otra vez, y al mismo tiempo convoca
a su pueblo a retomar los valores “del trabajo duro y la honestidad, el coraje y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo”, y a asumir, como una especie
de Destino Manifiesto, que “lo que se requiere de nosotros ahora es una
nueva era de responsabilidad,
un reconocimiento de parte de cada
norteamericano de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, con nuestra nación y con el mundo”.
Era apenas
lógico que la crisis ocupara una parte fundamental de su alocución – sin descuidar su objetivo
de inyectar optimismo, porque “seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra” – y que insistiera en su tesis de que aquélla
se debe no sólo a “la codicia y la irresponsabilidad de
algunos”, sino a “la incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles”. Por eso “el período del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables, ha terminado”, sentencia. Pero hay sobre todo dos conceptos fundamentales que no debieron dejar muy contentos
a quienes han pretendido inscribirlo en la izquierda económica como presunto defensor
del proteccionismo de Estado y enemigo
del libre mercado. “La pregunta que nos
hacemos hoy no es si nuestro
gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si
sirve de algo...”. Y más adelante dice: “Tampoco nos planteamos
si el mercado es una fuerza
positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no
tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece
a los que ya son prósperos”.
Otra característica notable del discurso de Barack Obama es su exaltación del pasado de los Estados Unidos, su voto
de confianza absoluta en
los Padres Fundadores y en la Constitución,
y su convencimiento de que el Imperio debe seguir siendo
el Imperio, sólo que un Imperio bueno. “Recordemos – dijo – que generaciones
anteriores se enfrentaron
al fascismo y al comunismo
no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder
por sí solo no puede protegernos, ni nos da
derecho a hacer lo que queramos”.
Esa reflexión lo conduce a referirse a la guerra de Irak, en la que es, junto a Afganistán,
la única referencia a un tema concreto de la política exterior norteamericana,
dejando un poco en ayunas a quienes esperaban pronunciamientos sobre la crisis del Medio Oriente o sobre las tirantes relaciones
con Rusia, e incluso, a quienes ilusamente pensaban que parte del cambio sería una
nueva mirada al ‘patio trasero’ de América Latina, habida cuenta de las dificultades del Imperio con los “cuatro mosqueteros” de la “revolución bolivariana”. No. Su único anuncio específico – nada novedoso porque ya lo había planteado
poco después de su triunfo electoral - es que “empezaremos
a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida
paz en Afganistán”, algo que, por
lo demás, coincide plenamente
con la tesis defendida por el gobierno Bush y con lo que aquí hemos
señalado en el sentido de que, con Bush o con Obama, con los republicanos
o los demócratas al mando,
el Imperio, con todo y el inmenso costo de esa guerra, no va a salir de allí
humillado y derrotado.
En ese
frente no habrá cambios fundamentales sino tal vez
de estilo o de matiz. Obama
anuncia que “trabajará sin descanso con viejos amigos (se refiere seguramente a Gran Bretaña, Francia, España) y antiguos enemigos (Rusia, Alemania) para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta”. Pero aclara a renglón
seguido: “No pediremos perdón por nuestra
forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando
el terror y asesinando a inocentes,
les decimos que nuestro espíritu es más fuerte
y no podéis romperlo; no duraréis más que
nosotros, y os derrotaremos”, en clara alusión al régimen de Irán y a sus aliados
del fundamentalismo islámico.
Más adelante, casi al final de su alocución, retoma el tema del terrorismo con una advocación “Al mundo musulmán”, del que proviene una
parte de sus ancestros, para buscar “un nuevo camino hacia
adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto”. Pero advierte: “A esos líderes de todo el mundo que
pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males
de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por
lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis.
A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia
no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos
a tender la mano si vosotros abrís el puño”. No dejamos de notar, como simple curiosidad, que esa última frase,
aun en su original en inglés ( “... but that we will extend a hand if you are
willing to unclench your fist”.), es aparentemente una gafe del presidente Obama, que podrían utilizar
sus detractores para hablar de debilidad e incongruencia ética frente a dictadores y corruptos.
Finalmente, destacamos su manifestación de gratitud al presidente Bush “por su servicio
a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición”, y la cordialidad con
que departió con su antecesor en distintos momentos de la ceremonia y el gesto gallardo de acompañarlo, junto a su esposa
y a la pareja vicepresidencial,
hasta el momento en que el helicóptero con la familia Bush levantó el vuelo. Es evidente que con ello, Obama quiso dejar sentado
que no hay ánimo de revancha contra el gobierno
anterior para dar gusto a
los furibundos antibushistas,
así vengan cambios inexorables.