CAMBIOS EN CUBA Y EE UU
Por Fernando Luis Egaña
25 de marzo
de 2008
En Estados Unidos y Cuba, las antípodas del hemisferio,
crecen las expectativas de cambio político, económico y social. Razones internas y globales presionan por nuevos
rumbos.
Nadie sabe si Barak
Obama por fin se alzará con
la nominación presidencial
del partido Demócrata, y de
lograrlo si conseguiría derrotar al republicano John McCain, pero buena parte de la hazaña ya está
consumada porque el mero hecho de que
un novato senador afro-americano, de padre keniano y madre anglosajona de las planicies de Kansas, esté cabeza a cabeza
en las preferencias electorales de la sociedad estadounidense, ya marca un hito en la historia de la democracia más poderosa del planeta.
Una nueva etapa en la marcha hacia la integración multicultural y la asimilación
de grandes cambios que, digan lo digan
los detractores del "imperio", ha sido y es uno
de los motores principales de su progreso nacional.
Desde Nueva York hasta
San Francisco no se habla sino
de cambios. Ese es el lema de campaña de Obama, y su contendora, la senadora Hillary Clinton, proclama
la variante de "cambio
efectivo". Newt Gingrich, el célebre
conservador insurgente del
"Contrato con América"
de mediados de los años noventa, ha publicado un bestseller que lleva por título
"Cambio real", y hasta
McCain se suma a la caravana
afirmando que el cambio conveniente lo representa él.
Cada quien le da su
sentido particular a la palabra
mágica, pero lo que realmente interesa
es la percepción de que es necesario
darle un viraje a la dirección de ese país, por una
parte, y por la otra de que el momento está maduro
para emprender reformas sustantivas en política exterior, distribución presupuestaria, programas sociales, inmigración y estrategia energética.
En Washington y Wall Street muchos sostienen, y con razón, que la crisis financiera mundial es una bomba
de tiempo que no podría ser desactivada con las mismas recetas
que la fabricaron.
Y oh paradoja, a 90 millas al sur de Miami, en la anquilosada Cuba del comunismo fidelista, también crece la esperanza en modalidades de cambio que vayan perforando
el hermetismo totalitario
y, como avizorara Juan
Pablo II en su histórica visita de 1998, hagan posible que "Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba".
Al parecer, Raúl Castro y los suyos se han dado cuenta que o se montan en el carro de los cambios económicos,
tratando de manejarlo sin perder el poder político como en China o Vietnam,
o a la muerte definitiva de
Fidel la ansiedad por mejoras sociales, laborales y humanitarias puede llevárselos por delante.
Poco a poco, sin mucha alharaca, se van dando pasos hacia la descompresión de la ortodoxia cubana. Lula Da Silva luce como
un apoyo principal de La Habana
en este complejo camino y eso, al menos, es un tanto
más auspicioso que si el señor
Chávez estuviera metido solito de pies y cabeza en lo que ya se está denominando
la "transición".
La democracia más antigua
y la dictadura más longeva del continente se preparan para cambiar.
Ojalá y la
sufrida Venezuela no se quede
atrás.